Durante semanas llevábamos escuchando que iba a ser uno de los momentos del año: el eclipse total de Sol del 12 de agosto. Reconozco que, hasta que no se acercó el día, no le presté demasiada atención. Tanto revuelo por un acontecimiento astronómico que, a priori, parecía más propio de científicos y aficionados a la astronomía que del resto de los mortales.
Pero conforme se acercaba la fecha algo se percibía en el ambiente. Había expectación, curiosidad y, sobre todo, ganas de compartir un momento diferente. Y eso fue precisamente lo que nos animó a vivir la experiencia con amigos.
Y tengo que confesaros que fue bonito. Mucho más de lo que esperaba.
Llegamos sobre las siete de la tarde a casa de nuestros amigos y desde allí comenzamos a caminar por el monte buscando un lugar desde el que contemplar bien el horizonte. Ellos habían hecho los deberes durante los días anteriores: habían estudiado dónde situarnos y hacia dónde mirar. Y, sin duda, acertaron.
En apenas unos minutos encontramos nuestro sitio. Y no éramos los únicos. Por el camino fueron apareciendo otros caminantes, familias y curiosos que perseguían exactamente lo mismo. Personas con las que, de repente, compartíamos comentarios, miradas al cielo, alguna preocupación por las nubes y una misma sensación de ilusión.
Porque, esta vez sí, estábamos ante algo extraordinario.
El de ayer fue el primer eclipse total de Sol visible desde la Península Ibérica en más de un siglo. La franja de totalidad atravesó España de oeste a este, desde Galicia hasta Baleares, pasando por ciudades como Oviedo, León, Bilbao, Zaragoza o València.
Desde Alcoi nos quedamos apenas a las puertas de esa totalidad: la Luna llegó a ocultar alrededor del 99,6 % del disco solar. El eclipse comenzó hacia las 19:39 y alcanzó su momento máximo alrededor de las 20:34.
Poco antes de las ocho ya podíamos observar cómo la Luna empezaba lentamente a cubrir el Sol. Con nuestras gafas puestas, mirábamos unos segundos, bajábamos la vista y volvíamos a mirar. Poco a poco aquel círculo luminoso iba desapareciendo.
A nuestra derecha había algunas nubes. En ningún momento sentimos que fueran a estropearnos la experiencia, aunque finalmente sí nos impidieron contemplar el eclipse en toda su plenitud. Aun así, todo lo vivido hasta entonces hizo que el momento fuera igualmente especial.
Y entonces comenzaron a suceder cosas que ninguna fotografía consigue explicar del todo.
La luz empezó a cambiar.
El paisaje que conocíamos adquirió otra tonalidad. La claridad fue perdiendo intensidad, el calor comenzó a descender y todo parecía adoptar por unos minutos un aspecto diferente. Mirábamos al cielo, mirábamos alrededor y nos mirábamos entre nosotros.
Y queríamos inmortalizarlo todo.
Fotos del Sol. Fotos del paisaje. Fotos juntos. Mensajes de WhatsApp. La llamada de mis padres. Imágenes que me mandaba mi hijo desde Bilbao y mis amigas desde donde lo estaban viendo. Cada uno quería compartir su pequeño pedazo de eclipse.
Incluso sentíamos la necesidad de abrazarnos.
Puede que alguien piense que es una tontería. Que al fin y al cabo solo era la Luna pasando entre la Tierra y el Sol. Un fenómeno astronómico perfectamente conocido, calculado y explicado por la ciencia.
Puede ser.
Pero la vida son eso: momentos.
Momentos en los que hacemos algo diferente, levantamos la mirada de nuestras preocupaciones cotidianas y descubrimos que miles, incluso millones de personas, están haciendo exactamente lo mismo que nosotros.
Mirar al cielo.
Durante unos minutos desaparecieron muchas de las cosas que habitualmente ocupan nuestras conversaciones y nuestra atención. Estábamos pendientes de la naturaleza, del paso del tiempo, de la luz y de algo que estaba sucediendo a cientos de miles de kilómetros de nosotros pero que éramos capaces de sentir allí mismo, en nuestra piel y en el paisaje.
Y hay algo más que me gustó especialmente de lo vivido ayer: la ciencia salió de los laboratorios y entró en nuestras conversaciones, en nuestras casas y en nuestros grupos de WhatsApp.
Durante meses se había preparado este momento. El Gobierno de España puso en marcha una web específica sobre el llamado Trío de Eclipses —2026, 2027 y 2028—, promovió materiales divulgativos y recomendaciones para una observación segura y, junto al Grupo Social ONCE, impulsó la distribución gratuita de dos millones de gafas homologadas. También se prepararon dispositivos específicos de seguridad y protección civil ante la enorme movilización de personas que se esperaba.
Creo que también eso merece ser reconocido.
Las instituciones también están para ayudarnos a disfrutar de acontecimientos extraordinarios con conocimiento y seguridad. Para acercar la ciencia a la ciudadanía, despertar nuestra curiosidad y conseguir que entendamos mejor el mundo que nos rodea.
Porque divulgar ciencia no consiste únicamente en explicar por qué la Luna puede ocultar el Sol. Es también despertar preguntas. Hacer que un niño quiera saber qué está ocurriendo. Que una familia busque información. Que unos amigos estudien el mejor lugar desde el que observar el horizonte. Que miles de personas comprendan por qué es imprescindible protegerse los ojos antes de mirar hacia arriba.
Es convertir el conocimiento en algo cotidiano.
Ayer pensé precisamente en eso mientras regresábamos caminando, después de haber pasado tanto tiempo mirando al cielo.
Quizá de vez en cuando necesitamos acontecimientos así. Algo que nos saque de nuestra rutina, nos despierte la curiosidad y nos recuerde la suerte que tenemos de poder compartir experiencias con las personas que apreciamos.
El eclipse duró apenas un instante.
El recuerdo, afortunadamente, durará mucho más.

