06.10.2026 Llevo años haciéndome esta pregunta. Y no tanto por un episodio concreto, sino por la suma de muchos.
Me centro en los más recientes. La semana pasada fui testigo y víctima de una noticia falsa. Una publicación difundida en redes sociales aseguraba que yo tenía ocho viviendas. No era verdad. Pero daba igual. El dato estaba ahí, acompañado de mi nombre, listo para ser compartido, comentado y utilizado para construir un relato.
Y pensé en lo fácil que resulta hoy fabricar una realidad.
No hace falta inventarlo todo. A veces basta con coger un dato sin contexto. O seleccionar solo una parte de un gráfico. O atribuir a alguien algo que no tiene. O formular una sospecha sin aportar ninguna prueba. La mentira más eficaz no siempre es la que inventa una historia completa. Muchas veces es la que mezcla hechos, medias verdades y omisiones hasta conseguir que parezca cierto aquello que se quiere que la gente crea.
Y esto debería preocuparnos.
El Partido Popular lleva años reclamando elecciones. Ahora que se han convocado, dirigentes del propio partido han comenzado a introducir dudas sobre el censo y sobre la limpieza del proceso electoral.
La cuestión no es menor.
En democracia se puede criticar al Gobierno. Se puede combatir políticamente al adversario. Se puede denunciar una decisión, recurrir una ley o exigir explicaciones. Por supuesto.
Pero sembrar la sospecha sobre las reglas del juego sin pruebas es otra cosa.
Se introduce una idea y después ya no es necesario demostrarla. Si el resultado gusta, se olvida. Si no gusta, la semilla ya está plantada.
Y una democracia necesita confianza en unas reglas compartidas. También necesita ciertos límites humanos.
Estos días la cuenta oficial del Partido Popular difundió un vídeo de una caída de Óscar Puente cuando era alcalde de Valladolid para ridiculizarlo. Aquella caída no fue una anécdota graciosa: sufrió una rotura del cuádriceps que requirió una intervención quirúrgica. ¿De verdad se puede convertir el dolor físico de alguien en material partidista? ¿En qué momento se ha decidido que esto da votos?
Quizá el problema esté precisamente ahí: en que se ha empezado a aceptar el “todo vale” como una característica inevitable de la política y de las redes sociales.
Y no debería serlo.
Lo mismo ocurre cuando hablamos de economía.
Estos días he visto gráficos que mezclan información sin especificar fuente y metodología para dar un determinado mensaje. Mezclan salario neto, impuestos y cotizaciones sociales.
Los datos pueden y deben discutirse. Pero una cotización social financia derechos: pensiones, prestaciones por desempleo, bajas por enfermedad, maternidad, paternidad o incapacidad. No se puede representar exclusivamente como dinero que “le quitan” a un trabajador. Es una media verdad que deforma profundamente la realidad.
Vivimos en una época en la que tenemos más información que nunca y, paradójicamente, cada vez resulta más difícil distinguir qué es verdad.
Un gráfico tarda segundos en compartirse.
Un vídeo de diez segundos puede recorrer España antes de que alguien explique qué ocurrió realmente.
Una acusación cabe en un tuit. La rectificación necesita cinco párrafos y, casi siempre, llega tarde.
Ese desequilibrio está cambiando nuestra conversación pública.
Y es un problema colectivo.
Quiero una sociedad en la que podamos contraponer argumentos sin descalificaciones.
Eso es democracia.
Y quizá sea esa la pregunta que de verdad deberíamos hacernos.
No solo en qué sociedad vivimos.
Sino en qué sociedad queremos vivir.
Porque esa respuesta también depende de nosotros.

