Hoy el presidente del Gobierno ha anunciado la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. Lo ha hecho desde la escalinata de La Moncloa, después de informar al jefe del Estado y antes de reunir al Consejo de Ministros extraordinario para proceder a la disolución de las Cortes.
Y me quedo con una frase: ha llegado el momento de decidir.
Decidir qué país queremos. Qué Gobierno queremos. Y, sobre todo, qué papel queremos que España desempeñe en esta época tan complicada que nos ha tocado vivir.
Porque no estamos viviendo tiempos sencillos. En pocos años hemos afrontado una pandemia, una erupción volcánica, una DANA devastadora, una crisis energética, una fuerte inflación, tensiones comerciales internacionales y guerras en Europa y Oriente Medio. Acontecimientos que no decidió ningún Gobierno español, pero cuyas consecuencias sí había que afrontar.
Y esa es, para mí, una de las cuestiones importantes cuando echo la vista atrás: ante cada problema hemos intentado encontrar una respuesta.
No hemos podido hacer todo lo que queríamos. Quedan problemas enormes por resolver. El propio presidente lo ha reconocido hoy: todavía quedan injusticias que corregir, metas sociales que conquistar y problemas a los que responder.
Pero decir que España ha estado paralizada durante estos años no responde a la realidad.
En una legislatura extraordinariamente difícil se han aprobado reformas constitucionales, leyes sobre igualdad, ELA, salud pública, movilidad sostenible, atención a la clientela, discapacidad o economía social; se han ampliado permisos, se han revalorizado pensiones y se han aprobado medidas para reforzar la dependencia, proteger a trabajadores frente a los incendios o responder a la DANA, la crisis energética, la amenaza arancelaria y situaciones extraordinarias como las vividas en La Palma o Ceuta.
El balance contabiliza 79 iniciativas legislativas aprobadas y reales decretos-leyes convalidados.
Muchas de ellas salieron adelante hablando, negociando y llegando a acuerdos con fuerzas políticas muy distintas. Así funciona una democracia parlamentaria.
Por eso me resulta curioso escuchar una y otra vez que Alberto Núñez Feijóo “ganó las elecciones de 2023”, como si ser la lista más votada otorgara automáticamente el derecho a gobernar o invalidara cualquier mayoría parlamentaria distinta.
Nuestra democracia nunca ha funcionado así.
En 2019 el PSOE fue la fuerza más votada en la Comunidad de Madrid y, sin embargo, Isabel Díaz Ayuso pudo formar gobierno porque consiguió reunir una mayoría parlamentaria. Nadie cuestionó por ello la legitimidad de aquel Gobierno.
En 2023 ocurrió algo parecido en ciudades como Elche, Toledo o Valladolid: el PSOE obtuvo más votos, pero los acuerdos posteriores permitieron gobernar al Partido Popular.
Las reglas son las mismas para todos: gobierna quien consigue articular una mayoría conforme a la ley.
También hemos escuchado durante años críticas al Gobierno por alcanzar acuerdos con determinadas fuerzas políticas. Pero el diálogo entre diferentes tampoco empezó en esta legislatura. Cuando Javier Maroto era alcalde del PP en Vitoria alcanzó acuerdos con EH Bildu y llegó a defender públicamente aquella forma de hacer política. Durante unas negociaciones presupuestarias afirmó: “Yo he tenido el coraje de pactar con ustedes”.
Y llegados a este punto, lo que más me preocupa es que acabemos creyendo que el ruido, el bloqueo y el “todo vale” son inevitables.
Que aceptemos como normal que la consigna del “quien pueda, que haga” termine convirtiéndose en una forma aceptable de entender la vida pública.
Yo me niego a resignarme a eso.
Quiero pensar que sigue existiendo una mayoría de personas que, pensemos como pensemos, queremos que la política sirva para solucionar problemas. Que entendemos que pactar no significa traicionar las propias ideas. Y que creemos que España puede afrontar los enormes cambios que vienen sin renunciar a la justicia social, a la convivencia y a la solidaridad.
El presidente ha descrito hoy el horizonte como una época de grandes peligros, pero también de grandes oportunidades.
Yo me quedo con esto último.
Las oportunidades.
Dentro de unas semanas cada ciudadano depositará libremente su voto. Y entre todos decidiremos qué España queremos construir en los próximos años.
Yo tengo claro en qué España creo.
Una España que avance. Que proteja cuando llegan las dificultades. Que cree empleo y riqueza, pero que también la reparta con justicia. Que defienda sus servicios públicos. Que cuide a quienes lo necesitan. Que dialogue. Que no tenga miedo a los cambios. Y que mire al futuro con ambición.
Y frente al ruido, yo elijo la esperanza.
La esperanza de que podemos seguir avanzando.
Y la esperanza de que todavía podemos seguir construyendo, entre todos, un país mejor.

